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martes, 9 de marzo de 2010

Libros Prohibidos

Desde el fatídico momento en que el hombre adquirió sus primeros conocimientos, reflejó sus ideas, creencias, sentimientos y vivencias en millones de textos. Muchos de ellos se han perdidos, otros cayeron en el olvido y una gran cantidad fueron pasto de las llamas de la intolerancia. De esta manera se extraviaron para siempre conocimientos fundamentales de nuestra Historia, así como descubrimientos que podrían haber cambiado el destino de la Humanidad...

Los Egipcios pasaron de la noche a la mañana de ser un pueblo de pastores, a convertirse en una gran superpotencia cultural, cuyos portentos todavía asombran al ser humano. ¿Adquirieron los egipcios sus conocimientos de forma autodidacta, o por el contrario hubo alguien que les ayudó? Si esta última hipótesis fuese cierta, también se da verdadera la leyenda del Libro de Thot. En él los dioses, o seres a quien los antiguos egipcios tomaron por divinidades, plasmaron los conocimientos necesarios para crear una nueva civilización.

Thot es representado como un ser humano con cabeza de ibis. En sus manos sostiene una pluma y una paleta con tinta, al igual que el resto de escribas del país de los faraones. Era el secretario de los dioses, y por tanto, el encargado de transmitir sus conocimientos a los demás mortales. Inventó la escritura, y sus signos son un mono y una luna. Según la antigua tradición egipcia vivió en la hoy desconocida ciudad de Hermópolis, donde posiblemente acabó sepultado su preciado libro.

El primer texto conocido donde se hace referencia a este manuscrito es el papiro de Turis, publicado en París a finales del siglo XVIII. Aquí se describe el intento de asesinato de un faraón, a través de fórmulas mágicas extraídas de las entrañas del Libro de Thot. El monarca, enojado por la conspiración, mandó quemar el polémico texto, además de ordenar la ejecución de cuarenta nobles y ocho damas involucradas en tan turbio asunto. Sin embargo, si lo que dice la estela Metternich es cierto, la historia anterior debería ser considerada como falsa.

Descubierta en 1828 y datada en el siglo IV antes de Cristo, narra por boca del mismísimo dios escriba, como él quemó su codiciado tesoro tras expulsar de la Tierra a Set, el señor de las tinieblas, y a siete caballeros del mal.

Más tarde, en plena Edad Media son muchos los magos que afirmaron poseer el famoso libro, del cual extraían sus hechizos y sortilegios. Entre los saberes que figuraban en este manuscrito, se encontraba la capacidad de comunicarse con los animales, e incluso las fórmulas necesarias para resucitar a los muertos. Muchos eran los objetos mágicos que podían crearse con dicho manual, entre ellos el fabuloso Ankh-en-maat, un espejo que reflejaba todo lo negativo y pernicioso de aquellos que se atreviesen a poner su rostro ante él. Otorgaba, además, la posibilidad de comprender el funcionamiento de la Tierra y las estrellas, así como el entendimiento de todo lo que podemos considerar como sobrenatural. Es normal, por tanto, que fuese una obra muy codiciada.

Con algo más de fiabilidad, durante el siglo XVIII sí parece que oculistas de reconocida fama llegaron a ver una parte de este libro. El escritor Antoine Court de Gébelin defendió haber tenido entre sus manos parte del texto egipcio original, y según su relato éste no era más que la descripción de los arcanos mayores del tarot. En el mismo siglo otro conocido experto en ciencias ocultas, Alliete, llegó incluso a publicar cuatro obras sobre el legado del dios escriba. Ninguno pudo demostrar jamás tales hechos, aunque si es posible que el tarot formara parte del Libro de Thot. No en vano, estas cartas, como otros tantos artes adivinatorios representan en sí una cosmogonía. Así, según sean unos u otros los naipes que salgan en el juego, tendremos a favor o en contra determinadas fuerzas de la Naturaleza. Desde el siglo XVIII hasta nuestros días, doscientos años de silencio. Si el conocimiento de este libro reposa en alguna biblioteca oculta, su dueño prefiere mantener sus secretos a buen recaudo.

El legado de Salomón

Por desgracia la magia se ha convertido en un esperpéntico teatro. Desfiles interminables de payasos deambulan por televisión, convirtiendo a la "caja tonta' en un objeto, aún si cabe, todavía más inservible. Sin embargo, y en contra de lo que muchos puedan pensar, la maga fue el primer intento del hombre por conocer las leyes que rigen el universo que le rodea. Es por ello que magia y religión van cogidas de la mano en los albores de la Historia. De ahí que sacerdotes e iniciados fueran los guardianes de conocimientos secretos, justo cuando la civilización daba sus primeros pasos.

Un claro ejemplo fue la vida y obras del rey Salomón, tal y como lo define el Libro de los Reyes: "Salomón fue el mayor de todos los monarcas de la Tierra en riqueza y sabiduría". A este personaje, que marcó la Historia de su pueblo, le fueron entregados por su padre, el rey David, todos los secretos de la Cábala. Esta doctrina mezcla de magia, Ciencia y Filosofía, concibe el Universo, no como una creación de Dios, sino como una emanación directa del Creador. Conociendo, por tanto, los secretos de la Cábala, podemos controlar todas las energías de la Naturaleza. A Salomón le fueron entregados estos saberes, para que los plasmara en un templo que sirviera de morada a Yahvé. Hoy, del templo tan sólo nos queda el famoso Muro de las lamentaciones, centro de culto y objeto de veneración para todos los judíos.

Gracias a estos secretos se crearon también el Arca de la Alianza o la mesa de los panes, objetos mágicos cargados con una facultad sobrenatural. Pudiera tomarse a solfa este tipo de conocimiento, sin embargo el poder del arca hizo que se derrumbaran los muros de Jericó, los más grandes y sólidos de la antigüedad. El mismo Adolf Hitler persiguió este poder dos milenios después, convencido de que con él podría dominar el mundo. Salomón era consciente, por tanto, de que él era el último guardián de este saber oculto. No es descabellado que lo dejase escrito para salvaguardar a su pueblo. Así nacieron las Clavículas de Salomón, una de las obras más perseguidas de la Historia.

Tal y como relataba el erudito Nicetas Choniates en una de sus obras, aquel que posea el testamento de Salomón se convertirá en el hombre más poderoso sobre la faz de la Tierra. la palabra clavículas, viene a significar "pequeñas claves", y en la portada del libro figuran las dos columnas que había a la entrada del templo. Sin embargo, el ser un objeto tan ansiado, hizo que desde antaño gran número de oculistas afirmaran poseerlo. Por ello no es extraño encontrarnos en las librerías gran cantidad de libros con esta portada y mismo título, No indica que sean, ni mucho menos, las verdaderas clavículas, sino que son en realidad tratados de magia con poco o ningún fundamento. Aún así, es posible que hasta nuestros días haya llegado algún fragmento de esta fabulosa obra.
En la Biblioteca Nacional de París, puede verse un manuscrito de las clavículas que nada tiene que ver con los ridículos tratados de magia medievales. Es un texto muy denso que habla de la forma de comunicarse con entidades superiores, Una buena parte de su contenido la forman grabados geométricos, que servirían para este tipo de rituales, de la misma forma que los monjes budistas tibetanos utilizan los mandaras para abrir las puertas de otra realidad. Aunque en un principio parezca un absurdo que este texto sea una parte del legado de Salomón, no se convierte en una idea tan falaz si estamos versados en cábala judía. La interpretación de los escritos, según esta antigua tradición, no es nunca literal. Hay que reinterpretar todas las letras, dándole, además, a cada una un valor numérico. Tal es la forma que utilizaban los antiguos cabalistas para encriptar sus textos, y a buen seguro, la que utilizó el rey de los hebreos. Esto convierte al mencionado manuscrito en todo un desafío, al alcance de aquellos que se atrevan a asumirlo.

En honor a la verdad, también existieron otras clavículas que pudieron ser las verdaderas. Pertenecieron al celebre ocultista Eliphas Levi, y después a Stanislas de Guaita. Su destino final fue una subasta en el Hotel Drouot de París en el año 1968. Pero la identidad de su dueño, que pagó una fortuna por ellas, es tan desconocida como su contenido.

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